Muchas personas responden a la pregunta ¿qué quieres en tu vida?, Felicidad. Qué bonita palabra, como se te llena la boca con esta meta de cuatro silabas. Sencillo, sí parece sencillo, de decir. Pero la nostalgia de algo inalcanzable no va a ocupar este blog. No quiero que la gente que debe conseguirla la pierda en unos puñados de líneas de alguien que no sabe que halago es con hache. Todo lo contrario.
Está lejos de mi intención dar decálogos propios de psicólogos que venden consejos o Iglesias que prohíben comportamientos naturales en el ser humano. Descuida el silencio que os daré, no será hueco. Piensa en sonreír, pero no a tus pies, no te lo crees ni tú. Levanta la barbilla. Despreocúpate del dolor que vendrá. El amor que duele es el que no fluye naturalmente, porqué, porque lo sujetas tan fuerte en tu interior que se acumula en tu pecho. Los que más capacidad para amar son los que más sufren, por esa es la razón. No sufras de manera idiota, y en cierta medida no seas egoísta. Comparte tu gran cualidad, no midas los besos, los abrazos, las caricias, las miradas, los halagos, la duración de una satisfactoria sonrisa. La felicidad no es sólo la respuesta ante una pregunta hecha.
PD: He buscado menores acordes en las canciones, tristeza que escuece como el vinagre, ahogar la esperanza. Estúpido, ridículo y absurdo, eso es lo que me querías llamarme pero tuvo que decírmelo esta noche ella. Creí que podría ser una versión desde tu boca.
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20 octubre 2007
Habrá que predicar con el ejemplo...
Publicado por Anαβ a las 0:46 9 comentarios
Etiquetas: amor, psicólogía, sonreír, triste
17 octubre 2007
Sonríe de aburrimiento
Últimamente estoy un poco preocupado con mi humor, no sé si me estoy agriando a medida que me acerco a los treinta años. Acabo de alcanzar los cinco lustros y ya necesito la visita de los fantasmas de las navidades. A ver si este viejo cascarrabias vuelve a reír con la ingenuidad olvidada.
Llevo ya un tiempo pensando que la sonrisa de mi cara se me ha torcido, pero hoy me he dado cuenta en veinte metros de una pequeña calle de Madrid que no puede ser así. Cuando iba caminando me ha parecido ver a un antiguo compañero del colegio mayor así que me he resignado a tener una conversación de protocolo. No me apetecía edulcorarme para nada, sólo educación. Pero la alegría ha invadido mi rostro cuando me he dado cuenta de que mis ojos se habían equivocado.
Dejando atrás al parecido razonable me he encontrado con una estampa que alegra a cualquiera. Eran tres adultos con un niño pequeño. Dos de los adultos sujetaban al niño uno de cada brazo para poder prever que no se caía. Daba gusto ver al chiquillo. Tenía una sonrisa preciosa, unos mofletes hinchaditos, unos ojos grandes, brillantes y absorbentes,… era de anuncio. El otro adulto se ocultaba en la esquina de la calle para darle un susto. Era alucinante como el niño reaccionaba ante esto, no se inmutaba y al mismo tiempo hacía sentirse fenomenal al “gigante ese que ha aparecido de una esquina”. Es grandioso como una sonrisa inocente y sincera puede transformar a todo el mundo. Eso el adulto lo sabe, y esa es la razón por la que no le importa salirse de lo establecido y hacer monadas en la calle.
Es una tontería, además en mi cabeza sonaba todo mejor. Lo único que quiero decir con esto es que salgas a la calle con una sonrisa en la cara. Qué los demás nos sonrían como un acto reflejo. Qué sonreír sea como bostezar.
Llevo ya un tiempo pensando que la sonrisa de mi cara se me ha torcido, pero hoy me he dado cuenta en veinte metros de una pequeña calle de Madrid que no puede ser así. Cuando iba caminando me ha parecido ver a un antiguo compañero del colegio mayor así que me he resignado a tener una conversación de protocolo. No me apetecía edulcorarme para nada, sólo educación. Pero la alegría ha invadido mi rostro cuando me he dado cuenta de que mis ojos se habían equivocado.
Dejando atrás al parecido razonable me he encontrado con una estampa que alegra a cualquiera. Eran tres adultos con un niño pequeño. Dos de los adultos sujetaban al niño uno de cada brazo para poder prever que no se caía. Daba gusto ver al chiquillo. Tenía una sonrisa preciosa, unos mofletes hinchaditos, unos ojos grandes, brillantes y absorbentes,… era de anuncio. El otro adulto se ocultaba en la esquina de la calle para darle un susto. Era alucinante como el niño reaccionaba ante esto, no se inmutaba y al mismo tiempo hacía sentirse fenomenal al “gigante ese que ha aparecido de una esquina”. Es grandioso como una sonrisa inocente y sincera puede transformar a todo el mundo. Eso el adulto lo sabe, y esa es la razón por la que no le importa salirse de lo establecido y hacer monadas en la calle.
Es una tontería, además en mi cabeza sonaba todo mejor. Lo único que quiero decir con esto es que salgas a la calle con una sonrisa en la cara. Qué los demás nos sonrían como un acto reflejo. Qué sonreír sea como bostezar.
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